Cuando seas mayor comerás huevos, vaya frase. A que se referirá, me preguntaba yo. Hasta que llegó el día de poner a los hijos sobre ruedas. Prepárense, que vienen curvas, y buenos apretones de cinturón.

Con 20 años me quité el carné de conducir. Yo venía siendo una tonta a las tres (solo algo más que ahora), básicamente como cualquier joven inconsciente que cree que le cabe el mundo de un bocado y que ya habrá tiempo de escupir los cachitos. Pero también es cierto que ir al volante por donde a mí me de la gana ( dentro de lo que viene siendo ser esclavitos, todos, de este gira gira sin fin), es una de las necesidades de mi lista. Está por delante, por lo que sea, del deporte, del real food, o de tener una vida súper ordenada y colocada de canto a lo Marie Kondo ¡¡(shummm!!).

Pues sólo hace falta que apliquéis, en este momento y a esta historia, mi nombre de guerra: Ya soy mi madre. Y me tenéis camino a la autoescuela, con mi hijo, dispuestos a hacer suyo también este poder que yo llevo a gala. Y a rebeldía, y a coche polvoriento y amigo íntimo de las columnas. Que lo cortés no quita lo valiente.

Y amaneció un día en el que pudimos ser atendidos por la reencarnación de la amabilidad (deberían también existir las sonrisaescuelas).

¿Presupuesto para el permiso de conducir? Por supuesto. Y la mujer empezó a escribir.

Mi mente elaboró un acting en el que ella, con personalidad y decisión, anotaba una cifra, daba la vuelta al papel, y lo deslizaba suavemente hacia mi mirándome fíjamente a los ojos. Y si, la cifra era seria. Pero no en un total, todo estaba desmenuzado. A partir de ahí ya solo necesitó una mano con un boli a modo de cursor, con el que iba señalando los diferentes apartados, desgloses y plazos. No pude dejar de imaginar  que necesitaría tener la otra mano cerca del desfibrilador que tendría en un cajón y al que recurriría en cuanto la víctima (perdón, el cliente, o sea, yo), hiciera la suma mentalmente (la cual pasaría a orbitar en mi cerebro rayando surcos).

Que no se dice el total. Tranquilidad y buenos alimentos. Estamos hablando del futuro, del gran momento de hacerse con el poder de ir sobre ruedas.

¡Y que futuro, señoras y señores! Hablamos nada menos que de la era que anuncia la conducción autónoma. De los mecanismos de ayuda a la conducción: cámara trasera, ayuda para aparcar, sistema star stop, frenos más inteligentes (más que el 80 por ciento de los conductores, a juzgar por los despegues en las rotondas desde los carriles centrales, o el ejército de insensatos que adelantan por la derecha en autopista). La evolución, explica ella, nos trae que la mismísima DGT permita ya el uso de todos esos adelantos en los exámenes. “Se saca más facilito que nunca”. Será un camino de pocas prácticas y rosas.

Nunca agradeceré lo bastante haber coincidido en la historia con este momento.

(Bueno, ya puestos, podría haber tenido hijos 20 o 30 años más tarde, y ya, ni carné ni limoná. Habrá coches circulando a su bola ellos solitos, y seguro que insultándose, que esto es España).

Todo eran buenas noticias para mí, para mi hijo, para la amable recepcionista, y para la contabilidad de la autoescuela. Que por supuesto no incluyó una resta a pie de página, en concepto de bondades de la DGT, y de las horitas en enseñanza que nos vamos a ahorrar todos.

Pero tampoco es eso, cuanta inquina. Que las cosas tienen un precio, y si no, a la China mandarina. Ahora solo necesito que el heredero se de un par de vueltas, se disipe un pelín que para eso es joven, y se saque el teórico allá por mediados de diciembre. Con algo de suerte la paga extra nos cogerá confesados para empezar a apoquinar un apartado que mi mente siempre recordará escrito en neón hiperluminoso: PRÁCTICAS.

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